Una vez más la celadora, me cambiaba la ropa y me vestía con otra que tenía un inconfundible olor a nuevo. No era la que usábamos todos los días, era ropa de estreno. Así ya me habían vestido una vez y yo lo recordaba muy bien.
Ese día con la ropa nueva, me llevaron a un chalecito que estaba en una esquina. Esto quedó grabado en mí corazón. Lo que me sorprende es que recuerdo cosas muy puntuales de la casa, pero no tengo en la memoria, otras partes de la casita. El señor era muy bueno, cuando entré, todo me llamaba la atención (como la mayoría de los niños, que parece que tuvieran los ojos en las manos) tocaba todo, el lugar era muy limpio y tenían montones de cajitas metálicas muy brillantes y herramientas muy nuevas, y el Sr. que tenía un guardapolvo blanco, había un sillón grande y blanco me sentó sobre el sillón mientras lo subía y lo bajaba. Yo me reía mucho. Más tarde vino otro señor mayor, que me llevó con el a comprar el pan y me compró un montón de golosinas, creo que nunca vi tantas cosas ricas juntas, era muy cariñoso, me sonreía todo el tiempo. El patio de baldosas, pequeño, soleado, en un rincón una bolsa llena de juguetes, creo que pasé horas allí. Esos son todos los momentos que mi memoria registró de esa salida del Instituto.
Según mi mamá esta era la tercera vez que iba a una casa, yo no lo recuerdo. En fin.
Nuevamente se repetía la ceremonia, vestida de punta en blanco para ir a otra casa.
La celadora mientras tanto me aconsejaba:
“Tenés que portarte bien y decirles Papá y Mamá”.
A lo que yo le respondía:
“Por mí no hay problema, mientras que no me peguen, yo les digo Papá y Mamá. Pero si me llegan a traer de vuelta voy a pedirles que me compren muchos “chicles Bazooka” de los más grandes, para poder repartir a todas las nenas".
Me puso bombachita blanca con elástico y una camiseta de mangas largas, medias blancas y no recuerdo que zapatos o zapatillas, una pollerita tableada a cuadros escocesa y un pollover blanco. Era una ropa linda y nuevamente, ese olorcito tan particular a ropa nueva.
Mi mamá me dijo que esa ropa, tuvo que devolverla toda a la Institución, para que otra nena pudiera usarla.
Años más tarde mi mamá me contó, que esa casa donde estuve era de un dentista, que el Sr. me quería adoptar, pero su esposa dijo que yo era muy pizcueta?? A lo mejor pienso que el Sr. mayor sería el papá del dentista. ¡Qué lástima, que no se dio, parecían gente muy buena, de verdad!
Un mundo nuevo para mí
No se como llegué, pero recuerdo estar en un lugar (seguramente una oficina), donde trabajaban muchas chicas y señores de traje. Había mesitas con máquinas de escribir y bastante ruido. Las chicas eran tan lindas y sonrientes, alguna me besó sentí que tenía un lindo perfume, usaban una ropa muy nueva.
Al rato vi a otro nene un poco más chico que yo, también estaba bien vestidito. Nos acercaron y las chicas de la oficina nos ofrecían galletitas, caramelos y hasta bananas.
El primer encuentro
Estuvimos allí hasta que apareció el señor que sería mi Papá, se acercó al nene y a mí, puso una rodilla sobre el piso y nos abrazó muy fuerte a los dos mientras nos besaba. Luego escuché que hablaba y contaba que en el apuro por llegar se cayó al bajar del colectivo y tenía roto su pantalón. Era un señor muy elegante.
Permanecimos bastante tiempo en ese lugar, hasta que finalmente salimos de allí con el señor y una señora bajita y muy coqueta, que sería luego nuestra mamá.
Nuesto nuevo hogar
El viaje se me hizo muy largo, a cada rato les preguntaba: “¿Falta mucho? A lo que el señor respondía: “¿Falta menos que antes y se reía?
Durante el viaje, la señora nos decía que en la casa había una chica , que teníamos que respetarla y quererla como a una hermana. Y así lo hicimos desde entonces.
Ya se había hecho de noche cuando llegamos, entramos a la casa que me pareció muy linda y limpita.
Nuestra "nueva hermana" nos esperaba con la mesa puesta y la cena preparada.
Lo que más me llamó la atención, por que nunca había visto una, fue la televisión. No podía comprender como había ahí adentro gente tan chiquita y se movía igual a nosotros, era raro, pero me gustó.
El dormitorio que iba a ser nuestro, tenía dos camitas. Sobre la cabecera, había unas repisas de madera brillante con unas fotos y algunos adornos. En una estaba la imagen del Pato Donald, en cerámica brillante de lindos colores y en la otra la del Ratón Mickey, las dos del mismo tamaño. El piso era de madera y estaba muy brillante. Y en medio de las camas había un mueble bajo con cajones, sobre el mismo unos adornos.
La habitación tenía una ventana que daba al patio traserode la casa. De mañana al abrir las persianas de madera, entraba el sol. Las cortinas eran de color blanco, muy suavecitas y cuando entraba un poco de viento se movían como si fueran plumas.
A mí me había gustado muchísimo todo en la casa nueva.
Pero al llegar la noche e irnos a dormir, me acosté en una cama y en la otra "nuestra nueva hermana" con mi hermanito, por que era más chiquito.
Cuando se apagaron todas las luces la habitación quedó en la oscuridad total y me costaba conciliar el sueño, estaba muy asustada, lloré hasta que finalmente me cansé y me dormí luego de un tiempo me acostumbré solita, nadie supo nunca de mis temores.
Una vida nueva
Durante un tiempo concurría a la casa de una Señorita, que me enseñaba a leer y a escribir.
Luego mi mamá me explicaba que al salir del Instituto, yo no conocía ni las letras. Con 7 años y medio tenía que estar en la escuela entonces me envió a una maestra particular durante unos meses.
Mi mamá me inscribió en el Instituto Sagrada Familia, donde me tomaron una evaluación. Como resultado de la misma, las autoridades decidieron que sin cursar el Infantil y el Primer Grado Superior, podría ingresar al Segundo Grado para entonces ya tenía 9 años y en agosto cumpliría los 10.
Un micro nos venía a buscar a mi hermano y a mí para llevarnos a la escuela.
Estaba atrasada en mi educación primaria y para colmo era bastante alta para mi edad. Me compraron todo el uniforme nuevo, pero eran muy detallistas (según mi mamá) y al finalizar el año me cambió de escuela, por desacuerdos con las autoridades.
Los Reyes Magos en mi nuevo hogar
Mi primer regalo del día de Reyes fue una muñeca de porcelana, se llamaba “Gracielita”, en la televisión yo había visto la publicidad con una canción que decía: “Gracielita, Gracielita mi divina, muñequita, es bonita como ninguna, livianita como una pluma, Gracielita, Gracielita”. Al tomarla del brazo y apoyarla sobre una superficie daba pasitos (internamente tenía un mecanismo que hacía que sus piernas se desplazaran).
Bueno, ese regalo fue el único y el mejor que tuve en un día de Reyes, por que mi mamá le hizo un vestido que parecía de novia, estaba preciosa.
Luego ya era grande para recibir regalos de los Reyes, que según me explicaban pasaban por la casa y al ver a los niños que crecían ya no les correspondía más regalos, eran para los más pequeñitos.
Crecer y aprender a valerme sola
Comencé a viajar sola.
Todos los días cruzaba la plaza de mi barrio y caminaba 4 cuadras, a las 7 y media de la mañana, para tomar el colectivo que me dejaba frente al colegio.
Desde Tercer Grado hasta Sexto (desde los 10 años hasta los 14) lo cursé en el Instituto María Auxiliadora.
Debo decir que las mejores horas eran las que estaba en la escuela, en compañía de las chicas. Me gustaba compartir los juegos con ellas. Mi mamá me decía que no tenía que estar con las chicas que contaran cuentos verdes, por que eso no estaba bien en las niñas. No podía llevar amigas a mi casa, ni tampoco ir a la casa de ellas. Yo jugaba en el patio del colegio, corría mucho y ayudaba a empujar una calesita muy grande.
Lo único que me atormentaba era que yo era de las más altas, tenía un año más que ellas y me daba vergüenza, para colmo de males mi cumpleaños era en agosto entonces mi diferencia de edad era más evidente. En mi salón éramos 54 alumnas.
Todos los meses reunían a las alumnas del turno completo en el Salón de Actos y en voz alta se leían las notas de cada una, grado por grado. Las notas eran así: Insuficiente, Suficiente, Distinguido y Sobresaliente.
Para mí era una tortura por que como me sentía grande, no podía asumir tener bajas notas. Lo que entonces no me daba cuenta, es que cargaba una mochila muy pesada para mi corta edad y que tal vez mi nutrición no fue la más adecuada y esos podrían ser algunos de los motivos de mi poca rapidez mental.
No se si alguna vez tuve distinguido y jamás un sobresaliente en el boletín. A las niñas que obtenían Distinguido, les colgaban una cinta con una medalla, y lo mismo en otro color a las que obtenían un Sobresaliente. Mis notas generalmente “Suficiente”, pero una vez me saqué un insuficiente, Además por el tema de las notas sabía que si no eran buenas recibiría una penitencia y muchas veces una paliza. Lo que sí estoy segura que nunca pude tener una de esas benditas distinciones.
Había una época del año en que hacíamos Ejercicios Espirituales. Consistían en hacer silencio todo el día, hasta en los recreos. No se podía correr, ni hablar fuerte. Sólo comer algo, tomar agua e ir al baño. Nos decían que en casa debíamos hacer lo mismo y lo peor es que yo lo hacía. Todo el tiempo que duraban, rezábamos mucho y pensábamos en Jesús y le pedíamos que nos hiciera mejores personas y que ayudara a nuestra familia y al mundo.
Muchas veces antes de dormir, ponía mis manos sobre el pecho y le pedía al Tatita Dios, que no me permitiera despertar al día siguiente, para no tener que pasar otro difícil día de escuela, principalmente cuando había pruebas o no había hecho todos los deberes.
Las Hermanas nos hablaban de Laura Vicuña, que murió en su cama y que era una niña muy buena, que pronto sería canonizada. Yo pensaba que si me moría así, iba a ser una Santa, como Laurita Vicuña.
Es que realmente tenía mucha vergüenza por no poder aprender como lo hacían mis compañeras y quería lograr que mis papás estuvieran orgullosos de mí.
Un día muy difícil
El día que saqué insuficiente, un rojo, en mi boletín, decidí no volver a casa por temor a la paliza. Salí llorando del colegio. Esperé un rato en la vereda del y cuando estaba acercándose un auto, intenté pasar delante, para que me atropellara. El Sr. del auto frenó y me retó muchísimo. Pobre hombre, menos mal que frenó, por que sino lo hubiera puesto en un grave problema y toda la culpa habría sido mía, pero era muy chica para medir consecuencias.
Quedé como aturdida y finalmente volví a mi casa, mis temores se cumplieron inexorablemente.
Pero finalmente, pasó, como todo en la vida, esto también pasó.
Un día mi mamá vino a una de las fiestas del colegio y mis compañeras me decían que no parecía mi mamá, que parecía mi abuela. Cuando le conté a mi mamá se enojó mucho y nunca más vino a una fiesta.
Un día muy triste
Sobre mi cama, luego de extenderla cada día, colocaba un muñeco con el cuerpo relleno y forrado en tela, sus brazos y su cabeza eran de porcelana.
Con mi hermano, Juan Carlos, lo bautizamos en la pileta del lavadero.
Juan Carlos lo sostenía, yo le echaba agua sobre la cabeza en forma de cruz mientras le decía:
“Yo te Bautizo “Coco”, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".
Lo tuve mucho tiempo, cuando hacía mi cama, lo colocaba junto a la almohada y a la noche al sacar el cubre cama para acostarme, lo ponía sobre una silla. Un día no me di cuenta y al retirar el cubre cama de la silla, lo enganché y se cayó al piso, con tan mala suerte que se le rompió “el coco” a mi Coco.
Lloré muchísimo abrazada a mi querido muñeco, pero ya estaba roto y no pude arreglarlo, lo único que me conformó en cierta forma, fue el pensar que Coco, iría al cielo, por que con mi hermano, lo habíamos bautizado.
Algunos recuerdos
Mi mamá había trabajado durante 20 años como modista profesional, en la Capital.
Les hacía ropa a las artistas y estaba acostumbrada a ganar buen dinero. Era una modista fina.
Sabía hacer desde un simple batón hasta un traje sastre de primera. Cocía muy lindo y la costura era su mundo más querido. Hacía las sábanas, las cortinas, los manteles y servilletas. Cuando fuimos a vivir con ella, nos vistió a mi hermano y a mí de pies a cabeza. Ella cosía todo, pantalones para mi hermano, para mi papá, calzoncillos, polleras, vestidos, tapados para Lidia, para mí y también para ella.
Iba a la tienda Luís y José en Avellaneda en la esquina frente a la Plaza Alsina, le gustaba regatear (pedir descuentos especiales) los precios y siempre se salía con la suya. O le hacían un descuento o le agregaban sin cargo, unos centímetros de tela, era muy divertido ir de compras con ella.
También tenía crédito en Tienda Las Filipinas, en la Capital e íbamos al Bazar Manteiga en la calle Lima. En Quilmes solía comprar también en las sederías y los zapatos. Antes de volver a casa pasábamos por la Pizzería o por la Heladería, eso era muy común. Cuando salíamos lo disfrutábamos mucho. Los zapatos para el colegio los iba a comprar a Grimaldi.
Le gustaba mucho todo lo relacionado a la costura, ese era su fuerte y su pasión. De ella aprendí que no hay modas nuevas, solía decir:
"Las modas no son nuevas. Los diseñadores, los creadores de moda, van colocando año tras año, los figurines de moda apilados unos sobre otros y cada 20 o 25 años, dan vuelta la pila y lo de abajo pasa arriba. Entonces las modas vuelven a recrearse así".
Recuerdo cuando se empezaron a usar los zapatos con plataforma. Yo estaba fascinada por la novedad, hasta que un día me mostró una vieja revista, donde ya se usaban. Quedé deslumbrada y comprendí que en muchas cosas tenía razón.
Dedicó su tiempo hasta muy avanzada edad, tenía más de 85 años y persistía su atracción por antiguo oficio. Podía hacer cualquier molde, a medida. El problema que no le permitió seguir fue debido a que sufría de cataratas. A los 86 la operaron y perdió la visión de un ojo. Por lo tanto los médicos no quisieron arriesgarla a otra operación. Y con la visión en un solo ojo y las cataratas, ya no podía ver en detalle. Así y todo con buena salud a pesar de sus achaques vivió, 20 años más.
Cocinaba muy rico y recuerdo verla cocinando hasta el final de sus días. Aunque no siempre lo hacía cuando era más joven, si ella no cocinaba la reemplazaba Lidia, que generalmente se ocupaba de la limpieza de la casa.
Los mandados por el barrio, las compras diarias pan, verdura, carne, los hacía yo o Lidia.
Tomábamos muy ricas sopas. Cuando mi hermano y yo volvíamos del colegio nos esperaban para almorzar Lidia y mi mamá. Luego de un plato de sopa comíamos un guiso, milanesas o cualquier otra comida.
El puchero era una comida de todos los días, mi papá no comía otra cosa, era su felicidad, solía llegar a las 14 horas de la Usina, donde trabajaba y mi mamá le preparaba esa su comida favorita. Yo que era su pegote lo acompañaba muchas veces en el almuerzo y también lo ayudaba a saborear su puchero.
A la noche venía la variedad. Los guisos que ella llamaba “carreros” una delicia. Los riñones o el hígado con cebollas a la sartén, otra especialidad. El pollo al horno con papas, era mi comida preferida y la que siempre pedía para el día de mi cumpleaños.
Pero lo que mejor preparaba mi mamá eran las empanadas de carne y las tortas fritas.
El día que comíamos empanadas, no se hacía otra comida. Cuando yo era chica no existían las tapas para empandas industrializadas. Se elaboraban en cada casa, artesanalmente. Tal vez por eso no se consumían tan seguido. Tampoco se comía todas las semanas. Era menú especial. Lo mismo pasaba con las tortas fritas. Era muy común en los días de lluvia. Mi papá traía del galpón un calentador a bomba, que tenía un mechero y lo encendía. No se cocinaban dentro de la cocina, sino en el patio techado, para evitar que se impregnara el olor en las habitaciones, las cortinas la ropa y que el humo manchara las paredes de la casa.
Una vez al mes íbamos a la Feria de Constitución. Allí compraba fiambres, salamines, dulces, queso, aceitunas y todo lo más necesario para no comprar en el barrio que era más caro. Traíamos frutas y algunas verduras, allí eran más baratas y aprovechaba las ofertas de dos y tres kilos. Compraba algo de carne, y alimento para los animales, para la semana.
Íbamos con la “Estanciera” y la estacionaba cerca de la Feria. Luego llevábamos las bolsas y nos llevaba a la Pizzería Marín.
También compraba artículos de almacén y perfumería en la Proveeduría de Dock Sud, cerca de la Usina donde trabajaba y se lo descontaban a fin de mes de su sueldo.
Solíamos ir a comer a la pizzería “Las cuartetas” y después de postre, pedíamos sopa inglesa, una delicia. ¡Esas salidas eran principescas!
La pequeña cocinera
Desde chica me gustaba la cocina. Cuando mi mamá se enfermaba (que era bastante seguido, sufría del hígado) cocinaba yo. Le preguntaba todo lo que tenía que hacer y ella desde la cama me orientaba, le mostraba la olla con la cantidad de agua o aceite y las papas o lo que tenía que preparar para que me dijera las cuanto preparar. Pero lo que más me gustaba hacer era repostería. Con una receta de cocina me las ingeniaba sola y me animaba para hacer de todo.
Mis padres acostumbraban dormir la siesta, como buenos provincianos, mi papá era de San Luís y mi mamá de Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Mientras tanto a mí me daban permiso para preparar lo que quisiera, con los ingredientes que había en casa. A veces preparaba una torta, o scons. Aún conservo mi cuaderno “Plumitas” de tapa blanda, color celeste, con las recetas que coleccionaba entonces, de diarios y revistas de época.
Nuestros días de paseo
En los días lindos, preparaba en un cajón todo lo necesario para ir a tomar unos mates. Cuando mi papá se levantaba le pedía que nos llevara al Parque Pereyra y algunas veces, mi papá me consentía. En el Parque nos alquilaba caballos y a nosotros nos encantaba. Era muy divertido, hasta que un día uno de los caballos se soltó a galopar, cuando pasó debajo de un árbol, me tuve que agachar bien junto a su cabeza, para que no me golpearan las ramas de los árboles y caer. Yo no sabía como pararlo, hasta que se cansó y paró solo. Después de eso ya no me hacía mucha gracia andar a caballo.
Los paseos por el Parque Pereyra Iraola eran muy divertidos. Llevábamos de casa la comida para pasar el día. Lo más común era llevar pollo al horno, para comerlo frío, o milanesas. Y para la tarde el mate con alguna torta casera y gaseosas. No faltaban los cubitos, las galletitas, los huevos duros y muchas veces, pastelitos de dulce. Andábamos a caballo, jugábamos a la pelota con mi hermano, corríamos con Lyli la perrita y siempre queríamos quedarnos un ratito más.
Otras veces íbamos a las piletas de Ezeiza y a la pileta de La Salada. Allí también preparábamos comida para pasar el día y tortas para la hora del mate al llegar por la mañana y a la tarde.
Un buen matrimonio
Mi mamá, tuvo una vida muy longeva. Sí Doña María vivió hasta los 106 años, vivió 12 años más que mi papá. Durante ese tiempo, su vida continuó y aunque Lidia, la cuidaba, yo la visitaba, y mi hermano le hablaba por teléfono desde Mar del Plata, su lugar de residencia, ella no tenía a su fiel compañero y creo que nunca pudo superar su partida, lo extrañaba inmensamente. Pero mi mamá sacó fuerzas no se de dónde y enfrentó todas las dificultades que se le presentaron. La peor de todas, fue la soledad.
Juntos formaron una pareja ejemplar. Vivían el uno para el otro. Creo que esa especie de egoísmo, fue quizás su único error. Ellos no confiaban más que en sí mismos. Su mundo se reducía a estar juntos. Se amaron intensamente y trataron de ayudarnos a su manera. Tal vez no supieron brindarse un poco más en lo afectivo, pero como no conocí mucho de sus vidas antes de que llegáramos nosotros, no podría juzgarlos. Lo que sí pude comprobar es que sus familias no aprobaban ese amor que ellos se profesaban, por que mi mamá era 14 años mayor que mi papá.
Un regalo especial para vos que estás leyendo los relatos de mi infancia.
Tortas fritas Doña María
1 kilogramo de harina común con unos 25 grs. de levadura (o podés usar harina leudante si no tenés levadura). De las dos maneras quedan muy ricas.
5 cucharadas de grasa vacuna bien blandita a temperatura ambiente, (mi mamá compraba y derretía la grasa de pella). También podés usar otros medios grasos. Esta es la receta que hacía mi mamá. Pero todo va cambiando. Vos elegí.
Salmuera:
600 cm.3 de agua bastante calentita, pero no hirviendo
1 puñado de sal gruesa (echar dentro del agua y revolver hasta que se disuelva).
Preparación:
Colocar la harina común, en forma de volcán o corona, en el centro la levadura desgranada, la grasa a temperatura ambiente y de a poco ir agregando todo el agua e integrar desde afuera hacia adentro. Amasar un buen rato hasta que la masa tome una textura bien lisita y no se pegue a las manos ni a la mesada. Tratar de no agregar más harina (en todo caso al comienzo podés dejar en un pocillo harina del kilo, para espolvorear la superficie de trabajo y evitar que la masa se pegue). La masa debe ser tierna y lisa.
Luego cortar trozos del tamaño que nos guste, más grande o más pequeño, hacer unos bollitos redondos, ordenarlos para saber cuales fueron los primeros. Mientras cortamos toda la masa, los bollitos van a ir levando.
Empezar a estirar cada bollito, dándoles forma circular, con un palote de amasar.
Antes de llevarlas a freír, hacerle unos agujeritos en el centro, para que no se inflen. Para lo más chiquitos podemos hacer con los agujeritos los ojitos, la nariz y la boca de las caritas.
Calentar la grasa en una cacerola no muy grande, para que se derrita, cuidar que no exceda la temperatura para que no se queme.
Nota importante: Es conveniente cocinarlas a temperatura media para que no se arrebate la masa. Cuando esto sucede, la masa queda quemada por fuera y cruda por dentro. Más o menos tres cuarto de kilo o un kilo de grasa será suficiente para freír todas las que hagamos. Lo que sobra de grasa se puede colar y guardar para la próxima preparación.
Lo más rico es comerlas calentitas con unos buenos mates o un cafecito.
En mi casa el día de las tortas fritas almorzábamos con café con leche y tortas fritas. Era un ritual.
Elena