Secretos Liberados

Secretos Liberados
Imagen tomada de Internet

sábado 18 de julio de 2009

PENSABA.



Imagen tomada de Internet. Agradezco a su autor/a.

Pequeño Milagro



Pensaba…



A veces me sorprendo pensando cosas, sin querer. Creo que a muchas personas les pasa lo mismo. Pensaba… Si tuviera que decir ¿Cuál el día más importante en la vida de un ser humano? Conclusión: no es sólo un día el más importante, sino que son dos días, los que tienen suma relevancia. El día en que nace y el día en que muere.
Pensaba…y sí…prefiero hablar del día en que nacemos, por que mientras llega el día de nuestra partida, es muy importante vivir y disfrutar plenamente cada instante de nuestra vida.

Un pequeño milagro

Pensaba…en el día en que nací…y no tengo registro, no tengo historia, nadie pudo contarme que sensaciones hubo ese día con mi llegada al mundo…supongo que alguien debe haberse sentido feliz…por que siempre un nacimiento es un pequeño milagro…de lo que no tengo dudas es de que mi mamá biológica debió ser una mujer valiente y con buenos valores, por que si no… ¡Yo podría no haber nacido!
Pensaba en Ella, si seríamos parecidas…y en la gente que me pregunta: ¿Te gustaría saber quien fue? En realidad creo que no necesito conocerla para saber como era. Más allá de lo que hubiera pasado después, sólo albergo sentimientos de agradecimiento hacia la persona, que me hizo el regalo más importante, singular e insuperable que alguien puede dar: el don de la vida.
Pensaba...finalmente nos perdimos la posibilidad de disfrutarnos, de tenernos, de compartir y de vivir en familia. Esos pensamientos muchas veces me provocan una profunda tristeza, no voy a negarlo, pero no siempre se tiene la posibilidad de formar, cuidar y conservar un hogar. Por que cuando se malogra un hogar, los niños son los únicos que no pueden optar y terminan pagando las consecuencias de los errores de sus padres, a quienes no se los puede culpar tampoco, cuando se desconocen los motivos que destruyeron esa familia.
Así fue que terminé en un hogar para niños, hasta que fui dada en adopción.
Pero de eso…voy a hablar otro día.

Mis días más felices



Pensaba...en otros días muy importantes y sin duda en nuestra vida como esposos, el día más importante fue el del nacimiento de nuestro primer hijo.
Salí de la sala de partos en la camilla con mi hijo sobre el pecho, como si llevara un trofeo ganado en una olimpíada, orgullosa por haber logrado ser mamá. El mundo era mío.
Fue un día glorioso para mí y para su papá. Todo era alegría, proyectos, regalos, risas y los celos de las abuelas y las tías por ser la primera en verlo y cargarlo en sus brazos, a quien se parecía y tantas cosas más que a la distancia me provocan una profunda ternura.
Cuando nació el segundo, sin duda nuestro segundo día más importante, recuerdo como si fuera que pasó ayer, tenía una gran ilusión y mucho miedo a no poder repartir mi tiempo entre los dos sin hacer diferencia. Necesitaba darle a, el mayor, la seguridad de que mamá no iba a desplazarlo y al más chiquito toda la atención y el amor que merecía, tan sólo por haber llegado a nuestras vidas, para colmarla de alegría y completar nuestra bella familia.
No se si a otras mamás les pasa, pero cuando estaba embarazada del menor, me entristecía la idea de no poder amarlo tanto como amaba al mayor. De uno a otro hay siete años de diferencia. En realidad yo soñaba con tener otro hijo y no llegaba, de mes en mes, lloraba por que no volvía a quedar embarazada. Hasta que un día sentí que debía conformarme, que si no tenía otro hijo, debía estar agradecida por ser mamá, ya que muchas mujeres no tenían esa dicha. Pasaron seis meses luego de mi resignación y cuando menos pensaba, se cumplió mi sueño, volví a quedar embarazada.
Pensaba…que bueno, que en mi caso no se repitió la historia del abandono, que muchas veces se da en la vida de la gente, que lo vive. Pensaba…que bueno que fue conocer a mi compañero y elegirlo para que me acompañara en esta aventura de armar un hogar.
Pensaba…qué hermosa familia pudimos formar, cuidar y conservar unida bajo un mismo techo, nuestro hogar. Nunca imaginé que se pudiera tener tanto en la vida. Para mí vivir en familia fue lo mejor que pudo pasarme en mi vida. Por primera vez me sentía importante, tenía la certeza de ser amada por mi esposo y mis hijos.
Pensaba…en el sentido de la vida, que valía la pena todo lo que había pasado, entonces me invadió una profunda gratitud hacia el Tatita Dios que me permitió tener la fuerza necesaria para superar tantas dificultades y poder disfrutar de una vida junto a mi maravillosa familia.




Elena.

LA GRANJA EN MINIATURA.













Gallinero modelo



A mi Papá le gustaban muchísimo los animales y las plantas.

Al fondo de todo, junto a la pared medianera, construyó el gallinero.

Sus paredes de unos 50 centímetros de altura, eran de ladrillos. Ocupaban casi todo el ancho del terreno. Unos diez metros.

Los gallineros estaban divididos en 4 espacios. Desde la pared hasta el techo, tenían un alambre, que separaba un gallinero de otro y una puerta, también hecha de madera y alambre. El piso era de cemento. Y para que no durmieran en el suelo, había de pared a pared unos palos de escoba, donde se apoyaban a dormir, las gallinas.

El techo era de chapas acanaladas de fibrocemento.

Cada tanto blanqueaban las paredes del gallinero con cal milagro, para evitar que se criaran insectos.

Sobre el piso se esparcía todas las semanas una gruesa capa de viruta, para que resultara más fácil la limpieza.

Don Guillermo

La viruta la traíamos de la carpintería de Don Guillermo, un vecino que vivía a cuatro cuadras de nuestra casa. Era un hombre, buenísimo de aspecto gentil y muy trabajador, era rubio y de ojos muy claros y siempre sonreía. Cuando iba con mi papá me dejaba jugar en su taller de carpintería y mientras yo me entretenia con las maderitas, mi papá y él conversaban animadamente. Tenía esposa e hijas y me querían mucho y yo a todos ellos. Con mi papá juntábamos hasta cuatro bolsas de viruta y las traíamos a casa.

El galpón

Al lado de los gallineros, estaba el galpón de herramientas, era grande y alto, de material con techo de chapa, piso de cemento, una ventana balancín y una puerta de hierro.

Era muy completo, en el banco de trabajo había una morsa enorme y un motor con piedra para afilar cuchillos y herramientas.

En las paredes y el techo pendían sogas, herramientas grandes, escaleras, y tablones. Había una incubadora grande.

Desde los gallineros hasta la casa había un largo pasillo de cemento que llegaba hasta la casa, para evitar el barro en los días de lluvia.
Delante de los gallineros y el galpón, había un espacio cerrado con alambre donde se soltaban las gallinas durante el día, con una puerta de alambre.

Esperar 28 días

Yo disfrutaba haciendo esos trabajos con mi papá, todo el día andaba detrás de el, para ayudarlo.
Se juntaban huevos para poner en la incubadora. Se marcaban de un lado con la letra M y del otro lado la T (mañana y tarde), si mal no recuerdo 60 huevos por incubada.

Dos veces por día, sacábamos las dos bandejas de a una por vez, y hacíamos rotar los huevos. Eso era muy importante hacerlo, debíamos hacerlo rápido para que no se enfriaran y para obtener un buen resultado.

Muchas veces me encargaba del cuidado de la temperatura, que no debía ser superior a 37/37,5 grados más o menos. Con una linterna miraba a través del vidrio de la puertita y controlaba varias veces al día.

Había que esperar los 28 días y luego empezaban a romper los cascarones los polluelos, desde adentro y nacían así. Algunos más débiles mi Papá los ayudaba a romper el cascarón, pero me decía que ellos solos, tenían que salir, por que así tenían fuerza para crecer. El pollito que recién salía del cascarón estaba todo mojado. Al rato se secaba con el mismo calor de la incubadora y era hermoso verlo, tan amarillito y tan chiquito.
Después los llevaba a un galpón en el fondo, donde había una jaula que tenía luces para darles calor y ahí estaban hasta que venían más grandecitos y podían andar sueltos. Lo que nunca vi, es nacer los pollitos con la gallina clueca.

Las conejeras

Las conejeras estaban delante del “patio del gallinero”, eran conejos comunes blancos, y algunos de angora. Algunas conejas no se por que causa no cuidaban a sus crías, por el contrario, se las comían.

Entonces mi Papá estaba atento al momento en que parían y les retiraba las crías. Las ponía en una caja de zapatos, con pelo de los conejos angora, con la luz de un velador les daba calor, tapándolos para que no tuvieran frío. Cada dos horas, traía a la coneja, mi Papá me enseñaba como cuidar a los conejitos bebés. Al nacer, no eran lindos, tenían un color rosa y no tenían pelos. Eran muy chiquitos.

Sentada en el suelo, con las piernas estiradas, ponía a la coneja con el lomo sobre mis piernas, con su panza para arriba. Uno por uno tomaba cada conejito y lo ponía en una de las tetillas para que se alimentara.

A veces si alguno la mordía, o le hacía doler, por que se le ponían duras la tetillas, la coneja tiraba unas patadas al aire y Yo como podía los atajaba o los juntaba de nuevo.

A los 10 días empezaban a abrir los ojitos y les empezaba a crecer el pelito blanco. Entonces eran preciosos.

Los patitos

Los patos eran los animalitos más sucios de todos.

Les dábamos afrechillo con agua o con leche, no recuerdo bien. Ellos comían y tomaban agua. Alrededor del comedero era un barrial, donde chapoteaban y disfrutaban revolcándose. Después al secarse con el mismo pico se limpiaban y volvían a quedar blanquitos. Me causaba mucha gracia verlos tan sucios, pero igual eran muy lindos.

Los perros que estaban antes que llegáramos

En la casa al llegar nosotros había dos perros.

Uno era malo se llamaba Poli, en realidad estaba siempre atado, creo que por eso se hizo malo. Era mezcla de ovejero, más bien raza PP (puro perro). No podíamos acercarnos. Yo le tenía mucho miedo.

Al poco tiempo murió de un quiste. Pobrecito.

El otro perrito se llamaba Tití era chico, blanco y negro pelito medio largo. Le gustaba jugar con las gallinas y correrlas.

Nos ayudaba al anochecer a meterlas en el gallinero, que tenía unas puertitas chiquitas a ras del piso, con una chapa que se pasaba por una guía, para abrir y cerrar. Creo que murió de viejito.

Las mascotas de la casa

Bijou (le decíamos Biyú) era una perrita tipo caniche era muy inquieta y cariñosa, pero tenía ataques de epilepsia y murió en poco tiempo.

Los “chanchitos de la India”. Se reproducían muy rápido.

Apicultores

Las colmenas de abejas, eran 14, seis estaban en la terraza y el resto distribuidas en el fondo del terreno.

En verano de una colmena salían las reinas en su vuelo nupcial seguida por los zánganos, cuya única misión era fecundar a la reina, junto a ella lo que sería su séquito. Donde se posaba la reina, iban todas las abejas a protegerla. El enjambre, se reunía en un árbol o en algún rincón.

Los vecinos venían a buscar a mi papá para que lo llevara, por que a veces se iban a sus casas y la gente se asustaba. Para mí era muy normal, preparábamos el equipo de apicultor y allá íbamos, a traerlas de vuelta, para formar una nueva colmena. En el verano lo ayudábamos a mi Papá a extraer la miel.

Me gustaba mucho ver como trabajaban las abejas. Son insectos súper organizados. Cada colonia tiene su reina que pone huevos, obreras que buscan alimentos, asean y refrescan la colmena agitando sus alas, nodrizas que las alimentan las larvas, zánganos que sólo se dan la gran vida comiendo y esperando el momento de fertilizar a la reina, soldados que protegen la colmena de los invasores y matan a los zánganos una vez que ya no los necesita la reina. Es un mundo fascinante el de las abejas y su organización es muy similar a las hormigas.

Las tuvimos hasta que accidentalmente mi Papá fue picado por ellas y su presión bajó a 4 de máxima y 2 de mínima. Casi se muere.

Quedó alérgico a las picaduras, aunque fueran de mosquitos. Así que tuvo que venderlas.

Mis mascotas preferidas

Teníamos una gatita, que se llamaba “Mishunga”, era muy mimosa.
Mi mascota preferida fue una perrita llamada “Lily”, era preciosa. De porte pequeño, su pelaje era largo y de color marrón. Sus orejas largas. Peticita, muy cortita pero tan linda y cariñosa que se ganó todo mi cariño. Solíamos llevarla en la “Estanciera” a todos lados, sentada en mi falda, sacaba la cabecita por la ventanilla y con el viento, se le volaban las orejitas hacia atrás!! Juguetona, limpia y siempre dispuesta a pasear, cuando veía la correa empezaba a dar vueltas por todos lados, de contenta que se ponía. Cuando murió yo ya estaba casada, fue muy duro para mí y para mi papá que la adoraba.

Los pajaritos.

Mi papá era amante de los pájaros, le gustaban los canarios. También se reproducían y el los cuidaba muchísimo en esa etapa. Les daba, lechuga, manzana y preparaba con la yema de huevo pisado y los bizcochos “Canale” molidos una papilla, para que estuvieran fuertes. Muchas veces me convidaba los bizcochitos, a mí me parecían una delicia. Ahora no se por que no les siento el mismo gusto. En verano les colocaba un recipiente con agua y ellos se bañaban, era muy gracioso verlos.


Pequeña tragedia



Siempre estaba buscando la manera de agradarles a mis padres. Un día ellos salieron. Me pasó algo terrible...se me dio por sorprenderlos limpiando las jaulas de los pajaritos. Ya estaba la hora de entrarlos. Mientras los traía hacia la piecita del fondo, donde dormían, tuve un percance. Al abrir un poquito la puertita para sacar la chapita del piso para limpiarla, se voló en la habitación “el canario verde”, el preferido de mi papá, con tanta mala suerte que “mishunga” lo atrapó y lo mató. Yo no me había dado cuenta que ella estaba en la habitación y fue tan rápido que no pude hacer nada. Cuando mi mamá volvió, recibí un fuerte castigo con un cinturón. Con la parte de la hebilla me había quedado una marca en relieve. Asustada me fui de mi casa, a la casa de una amiguita del colegio, que se llamaba Susana, su mamá no podía creer lo que me había pasado. Luego me anduvieron buscando y me trajeron a casa de nuevo. Era muy común que recibiéramos golpes cuando hacíamos algo “indebido”.

Los pececitos

Otra afición de mi papá eran los peces. La pecera grande estaba en el patio techado, al salir de la cocina, los pececitos eran de agua fría. Sus colores eran brillantes, naranja, negro, blanco y tenían “cola de novia” y algunos ojos saltones que se llamaban “telescópicos”. Para la reproducción, tenía una pileta con plantas acuáticas para que se mantuviera oxigenada el agua.

La quinta

Como si cuidar de todo esos bichos fuera poco, estaban las hortalizas y verduras que cultivaba mi papá. Ajíes, cebolla de verdeo, perejil, albahaca, zapallo, zanahoria, choclo, lechuga, y acelga.

Hinojo y col (para los conejos).

¡¡¡Una curiosidad: decía mi papá que si los conejos comían perejil cortado se morían y si comían el que estaba sembrado no les pasaba nada!!!


Y los tomates lo más rico de todo. Cuando estaban en su punto justo los arrancaba de la planta, su olor era único y su sabor inigualable.

Nunca más comí tomates tan sabrosos. Las frutillas eran muy chiquitas pero gustosas.

Las parras, el ciruelo y el duraznero

Los dos parrales estaban uno al fondo en el patio del gallinero, de uvas chinche negras y el otro en el patio delante de la cocina, de uvas blancas.

Un duraznero cuyos frutos eran una delicia. El duraznero y el ciruelo se cargaban de flores rosas y blancas respectivamente. Las ciruelas eran de la variedad llamada remolacha, por su color rojo, oscuro, una delicia y una belleza cuando estaba en flor.

No fallaba cada año el granizo causaba estragos en las plantas. Las alverjillas de colores eran una debilidad también de mis padres.

La tortuga sin nombre

A la tortuga que estaba en casa le encantaba comer ciruelas y en el verano andaba con la boca toda roja. También comía hojas de lechuga.

Yo le tenía cierto temor, por que si ponías un dedo cerca de su cuello, podía apretartelo contra el caparazón. En invierno desaparecía.

El jardín y el patio llenos de flores

Al frente de la casa había un lindo jardín, con rosales y alegrías del hogar de todos colores.

Y en la primavera canteros con pensamiento que mi papá sembraba de semillas y luego transplantaba los almácigos.

En el patio de la casa macetas con todos los colores de malvones pensamientos, que puedan imaginar, eran muchos.

Todos los días había que regar, las macetas, la quinta y el jardín.

Buenos ejemplos

Esto de contar como era la casa donde viví desde los 7 años y medio hasta los 20 que me casé, (casi 13 años) es algo que me hace recordar muchas cosas alguna buenas y otras no tanto, pero en general creo que pude vivir muchas experiencias positivas y tuve la posibilidad de ver y aprender muchas cosas.

Pienso que mis padres eran personas acostumbradas a vivir muy solos los dos. Aislados de la compañía de otras personas. Vivían el uno para el otro y creo que al adoptarnos se sintieron un poco invadidos en su privacidad. Tal vez por eso muchas veces, mi mamá principalmente, reaccionaba mal. No tenía tolerancia y se enojaba mucho cuando no hacíamos algo como esperaba.

Fuera de esos momentos, por lo demás fue bueno estar con ellos en lugar de continuar en la Institución.

Aprendí mucho a trabajar, a amar la naturaleza, y a cuidar tanto a los animales como a las plantas, a tolerar las diferencias, a ser una persona de bien, a aceptar las cosas como vienen, a ser honrada a no quedarme con lo que no me pertenece, a ser agradecida y sobre todo a perdonar, creo que esas son las mejores enseñanzas que me dejaron.

Las personas son todas diferentes, sino el mundo no sería mundo. Las diferencias son precisamente las que las hacen más bellas.

Creo que mis padres, hicieron lo mejor que pudieron como cualquier padre. Cometieron errores y aciertos, pero al fin de cuentas, estoy convencida de que hicieron lo correcto.

Nos dieron un hogar, nos enseñaron a vivir en familia, no brindaron educación y la posibilidad de tener una vida diferente y creo que todo lo vivido valió la pena.

Hoy ya no los tengo físicamente, pero guardo por ellos un profundo respeto y un recuerdo cariñoso y se que soy la persona que soy por que lo aprendí de ellos y por lo que heredé de mis padres biológicos.

Estoy convencida de que la combinación de los buenos genes y los buenos ejemplos ayudaron en mi formación.

Alguna vez escuché una frase muy cierta y que resume un poco mi vida. La frase decía


"Señor se nace y Dr. se hace"

Por eso creo que para ser una persona de bien es necesario nacer como tal. Luego la educación podrá convertirnos en un Profesional, pero de nada sirve ni esto no se acompaña siendo una buena persona.

Fui mamá y ahora soy abuela. Traté de darles a mis dos hijos, todo, todo y más de lo bueno que a mí me dieron y de evitarles cualquier tristeza, o sufrimiento.

Estoy segura de que he cometido errores. Espero que no les hayan quedado en el corazón de mis queridos hijos, cicatrices tan profundas a causa de mis faltas.


La vida es un eterno aprendizaje y los seres humanos estamos tan expuestos. Cometemos aciertos y errores. Lo importante es disfrutar de nuestros aciertos, asumir los errores y tratar de no repetirlos.






Elena





NAVIDAD Y CUMPLEAÑOS EN MI NIÑEZ-



Navidad y Cumpleaños en el Instituto



Navidad, para mí es una de las celebraciones con más espiritualidad en la vida de las personas. A muchos les agrada más el Año Nuevo. Yo lo vivo de una manera diferente, por que considero que la Navidad es la conmemoración del Nacimiento del Niño Jesús, literalmente: ¡Es el Cumpleaños de Jesús!
Año Nuevo, sirve para medir el tiempo, las eras. Por eso se lo considera una fiesta pagana.
También me provoca una inmensa alegría el día de mi cumpleaños. Si tuviera que elegir un festejo entre año nuevo y mi cumpleaños, me quedo con mi cumpleaños y con el cumpleaños de toda la gente que amo, me parece muchísimo más importante que celebrar el año nuevo.
Pero hoy quiero contarte que si disfruto tanto de estas dos fechas, no es por casualidad, sino por causalidad...



Una niñez diferente


Cuando era pequeña, pero muy pequeña, estuve viviendo durante no se cuántos años en una Institución junto a muchas otras niñitas que como yo no tenían un hogar. Pocas cosas recuerdo de mi estadía en ese Instituto.
Era un edificio muy grande de material.
Las habitaciones para dormir que tenían muchas camas separadas por un espacio entre ellas, en dos hileras enfrentadas.
Dormíamos con un camisón sin otra ropa abajo, ni siquiera la bombacha que en ese entonces, era de tela de algodón blanco, con una tira en la cintura que se ataba. Eran muy incómodas y como no sabíamos atarlas bien entonces si se desataban... se caían. No se por que no tenían elástico, tal vez no se usaba todavía.
La luz del dormitorio estaba en el techo y la encendían cuando nos íbamos a dormir y en la madrugada antes de levantarnos a todas para hacernos formar una larga fila, e ir al baño. Luego volvíamos a la cama a dormir, hasta que se hacía la hora de levantarnos para el desayuno. Cuando apagaban la luz principal, quedaba encendida una sola luz al final del pasillo central. Entonces no tenía miedo por que la oscuridad no era total.
En el edificio había una escalera interna y muy larga, pero no se hacia donde conducía, supongo que a los dormitorios. Para salir de los dormitorios había puertas que daban al exterior y allí un pasillo que tenía una pared (que yo la veía alta).El piso del pasillo, era de cemento con unas divisiones de alquitrán, nosotras quitábamos trozos con los palitos de los chupetines y lo masticábamos como si fuera chicle (teníamos suerte de no intoxicarnos ya que es un derivado del petróleo, me parece que lo hacíamos por que decían que así tendríamos los dientes más blancos). ¡Cuánta ignorancia!



En los días de invierno salíamos a ese lugar a jugar. Hacía mucho frío y para que se nos pasara nos hacían saltar y aplaudir mientras decíamos: “A la lata, al latero, a la hija del chocolatero” así entrábamos en calor.


Desconozco como se aplicaba la disciplina, pero si algo malo sucedía todas éramos castigadas. La celadora nos hacía formar una fila y ella se sentaba en una silla. Ya en la fila llorábamos, por que sabíamos lo que nos esperaba. Una por una íbamos pasando y nos ponía sobre su falda, boca abajo. Ella nos daba unos chirlos en la cola y pasaba la otra. Así aprendíamos a “portarnos bien”.


En el comedor había mesas largas y sillas. No recuerdo haber tenido problemas para comer, es más creo que ninguna de nosotras lo tenía, si algo no te gustaba no lo comías y debías esperar hasta la próxima ingesta, para comer algo. Allí no existía el “no me gusta”. Si no comías no te traían una porción que te gustara y si no querías pasar hambre, comías lo que te servían o hacías ayuno.


El día de Navidad



Era un día igual a cualquier otro, nos íbamos a dormir a la hora de siempre. La única diferencia es que nos hacían levantar a la media noche, nos vestíamos e íbamos al comedor, donde en las largas mesas había en cada sitio un plato con una porción de Pan Dulce tal vez tomábamos algo. Luego jugábamos y cantábamos villancicos que nos enseñaban en los días previos y finalmente nos íbamos a dormir de nuevo. Nunca recibimos regalos ni conocíamos nada del árbol de navidad, ni mucho menos de Papá Noel.



El día de mi cumpleaños


Como yo no conocía cual era el día de mi cumpleaños, estaba muy atenta a los movimientos festivos...navidad, fechas patrias etc. etc. e iba detrás de la Madre Superiora y solía decirle:
“¡Sabe Madre hoy es mi cumpleaños!”
La Madre se reía y siempre me decía:
“¡Feliz Cumpleaños, querida!
Y yo con eso ya estaba contenta. Así que en el año, yo cumplía años varias veces.



Las visitas



Algunas nenas recibían visitas y les traían regalos y golosinas. Cuando los familiares se iban, las celadoras les sacaban las golosinas y las ponían todas juntas. Luego nos sentábamos en círculo y en el medio la celadora con las golosinas, que repartía a todas por igual. Ese día podíamos disfrutar entre todas de algo rico, aún las que no teníamos familia que nos visitara. Era muy chiquita y ya me gustaban las manualidades, con dos palitos de madera de lo que venían en el chupetín y un poco de hilo, yo jugaba a que tejía. ¡¡En ocasiones especiales tomábamos chocolate y era muuuuuy rico!!



El Día de Reyes


Tan sólo tuve regalo de reyes el último año que estuve en el Instituto, tal vez no recuerdo los anteriores por que era muy pequeña. Los Reyes Magos, me dejaron una remera suavecita en color azul marino, parecía de terciopelo era hermosa.

Pero cuando fui a la casa de mis papás nuevos, me la olvidé en el Instituto.



La vacuna


Un día nos dieron una vacuna. Subidas sobre una silla, levantábamos el vestidito y con una especie de chapita (parecida a las que se usaban para cortar las ampollas de inyecciones) nos hacían unas rayitas en la pierna derecha. Al pasar los días esas rayitas me empezaron a doler, se formó un cascarón duro que se abría y salía un líquido amarillo. Sólo se dieron cuenta de lo que me pasaba por que yo lloraba y no quería ni podía, caminar, por que el vestidito me rozaba y me producía mucho dolor.

Tenía infectada la vacuna, se que lloré mucho y tardó en curarse. Era muy feo y doloroso. Aún tengo la marca en la piel pero nunca más me dolió.


Sin embargo creo que en mi corazón han quedado marcas que aún me siguen doliendo, por que pasa el tiempo y hoy que ya soy abuela, no entiendo como se puede vivir sin saber dónde y como está un hijo.

Así creo que aprendí a cultivar la tolerancia.



Los paseos


Alguna vez, salimos a la calle. Fuimos a pasar un día al campo, comimos en mesitas hechas con cajones y nos sentábamos en el suelo. Fue un día muy lindo había mucho sol y mucho verde, corrí por el pasto y mis mejillas estaban rojas. Juntamos unas florcitas blancas a las que les sacábamos unos hilitos de adentro y al soplarlas hacían ruidito como si fueran unas pequeñas cornetas. Hacía mucho calor y nos divertimos a lo grande.
Otra vuelta fuimos a caminar junto a la vía del tren.

Sobre los alambres había una enredadera de la que sacábamos unos pequeños frutos ovalados, y transparentes, parecidos a las uvas blancas pero más chiquitos. Eran muy dulces y ricos. Los llamábamos huevitos de gallo.

Nunca más los vi.



Mis días felices




Hoy disfruto mucho el día de mi cumpleaños y lo espero con gran alegría.






Cuando cumplí los 50 años, estaba haciendo el secundario y en la escuela, me hicieron una fiesta sorpresa. Fue mi primer cumpleaños con globos. Vinieron los profesores, la regente y mis compañeras armaron con los pupitres mesas largas. Trajeron entre todas un montón de cosas ricas y bebidas. Y me hicieron un hermoso tarjetón con sus firmas que aún conservo con mucho cariño. Una compañera me trajo en su automóvil hasta mi casa y yo traía los globos fuera de la ventanilla!






Ese día también mi familia, me hizo una fiesta sorpresa, estaban todos escondidos y mientras le contaba a mi esposo lo que había vivido, aparecieron todos. Fue inolvidable.




En Navidad, trato de estar muy cerca de la gente que se siente sola, como una manera de curar las marcas que dejaron aquellas navidades, en soledad.
Cuando regreso a mi casa con mi familia, siento una paz inmensa en mi corazón y un gran regocijo por la posibilidad que me dio el Tatita Dios de tener una familia tan bella.




Elena.

UN CAMBIO GRANDE EN MI PEQUEÑA VIDA.






Una vez más la celadora, me cambiaba la ropa y me vestía con otra que tenía un inconfundible olor a nuevo. No era la que usábamos todos los días, era ropa de estreno. Así ya me habían vestido una vez y yo lo recordaba muy bien.



Ese día con la ropa nueva, me llevaron a un chalecito que estaba en una esquina. Esto quedó grabado en mí corazón. Lo que me sorprende es que recuerdo cosas muy puntuales de la casa, pero no tengo en la memoria, otras partes de la casita. El señor era muy bueno, cuando entré, todo me llamaba la atención (como la mayoría de los niños, que parece que tuvieran los ojos en las manos) tocaba todo, el lugar era muy limpio y tenían montones de cajitas metálicas muy brillantes y herramientas muy nuevas, y el Sr. que tenía un guardapolvo blanco, había un sillón grande y blanco me sentó sobre el sillón mientras lo subía y lo bajaba. Yo me reía mucho. Más tarde vino otro señor mayor, que me llevó con el a comprar el pan y me compró un montón de golosinas, creo que nunca vi tantas cosas ricas juntas, era muy cariñoso, me sonreía todo el tiempo. El patio de baldosas, pequeño, soleado, en un rincón una bolsa llena de juguetes, creo que pasé horas allí. Esos son todos los momentos que mi memoria registró de esa salida del Instituto.


Según mi mamá esta era la tercera vez que iba a una casa, yo no lo recuerdo. En fin.


Nuevamente se repetía la ceremonia, vestida de punta en blanco para ir a otra casa.


La celadora mientras tanto me aconsejaba:

“Tenés que portarte bien y decirles Papá y Mamá”.

A lo que yo le respondía:

“Por mí no hay problema, mientras que no me peguen, yo les digo Papá y Mamá. Pero si me llegan a traer de vuelta voy a pedirles que me compren muchos “chicles Bazooka” de los más grandes, para poder repartir a todas las nenas".


Me puso bombachita blanca con elástico y una camiseta de mangas largas, medias blancas y no recuerdo que zapatos o zapatillas, una pollerita tableada a cuadros escocesa y un pollover blanco. Era una ropa linda y nuevamente, ese olorcito tan particular a ropa nueva.

Mi mamá me dijo que esa ropa, tuvo que devolverla toda a la Institución, para que otra nena pudiera usarla.


Años más tarde mi mamá me contó, que esa casa donde estuve era de un dentista, que el Sr. me quería adoptar, pero su esposa dijo que yo era muy pizcueta?? A lo mejor pienso que el Sr. mayor sería el papá del dentista. ¡Qué lástima, que no se dio, parecían gente muy buena, de verdad!


Un mundo nuevo para mí

No se como llegué, pero recuerdo estar en un lugar (seguramente una oficina), donde trabajaban muchas chicas y señores de traje. Había mesitas con máquinas de escribir y bastante ruido. Las chicas eran tan lindas y sonrientes, alguna me besó sentí que tenía un lindo perfume, usaban una ropa muy nueva.

Al rato vi a otro nene un poco más chico que yo, también estaba bien vestidito. Nos acercaron y las chicas de la oficina nos ofrecían galletitas, caramelos y hasta bananas.


El primer encuentro


Estuvimos allí hasta que apareció el señor que sería mi Papá, se acercó al nene y a mí, puso una rodilla sobre el piso y nos abrazó muy fuerte a los dos mientras nos besaba. Luego escuché que hablaba y contaba que en el apuro por llegar se cayó al bajar del colectivo y tenía roto su pantalón. Era un señor muy elegante.
Permanecimos bastante tiempo en ese lugar, hasta que finalmente salimos de allí con el señor y una señora bajita y muy coqueta, que sería luego nuestra mamá.


Nuesto nuevo hogar


El viaje se me hizo muy largo, a cada rato les preguntaba: “¿Falta mucho? A lo que el señor respondía: “¿Falta menos que antes y se reía?

Durante el viaje, la señora nos decía que en la casa había una chica , que teníamos que respetarla y quererla como a una hermana. Y así lo hicimos desde entonces.

Ya se había hecho de noche cuando llegamos, entramos a la casa que me pareció muy linda y limpita.

Nuestra "nueva hermana" nos esperaba con la mesa puesta y la cena preparada.
Lo que más me llamó la atención, por que nunca había visto una, fue la televisión. No podía comprender como había ahí adentro gente tan chiquita y se movía igual a nosotros, era raro, pero me gustó.
El dormitorio que iba a ser nuestro, tenía dos camitas. Sobre la cabecera, había unas repisas de madera brillante con unas fotos y algunos adornos. En una estaba la imagen del Pato Donald, en cerámica brillante de lindos colores y en la otra la del Ratón Mickey, las dos del mismo tamaño. El piso era de madera y estaba muy brillante. Y en medio de las camas había un mueble bajo con cajones, sobre el mismo unos adornos.
La habitación tenía una ventana que daba al patio traserode la casa. De mañana al abrir las persianas de madera, entraba el sol. Las cortinas eran de color blanco, muy suavecitas y cuando entraba un poco de viento se movían como si fueran plumas.
A mí me había gustado muchísimo todo en la casa nueva.

Pero al llegar la noche e irnos a dormir, me acosté en una cama y en la otra "nuestra nueva hermana" con mi hermanito, por que era más chiquito.
Cuando se apagaron todas las luces la habitación quedó en la oscuridad total y me costaba conciliar el sueño, estaba muy asustada, lloré hasta que finalmente me cansé y me dormí luego de un tiempo me acostumbré solita, nadie supo nunca de mis temores.


Una vida nueva


Durante un tiempo concurría a la casa de una Señorita, que me enseñaba a leer y a escribir.
Luego mi mamá me explicaba que al salir del Instituto, yo no conocía ni las letras. Con 7 años y medio tenía que estar en la escuela entonces me envió a una maestra particular durante unos meses.

Mi mamá me inscribió en el Instituto Sagrada Familia, donde me tomaron una evaluación. Como resultado de la misma, las autoridades decidieron que sin cursar el Infantil y el Primer Grado Superior, podría ingresar al Segundo Grado para entonces ya tenía 9 años y en agosto cumpliría los 10.
Un micro nos venía a buscar a mi hermano y a mí para llevarnos a la escuela.


Estaba atrasada en mi educación primaria y para colmo era bastante alta para mi edad. Me compraron todo el uniforme nuevo, pero eran muy detallistas (según mi mamá) y al finalizar el año me cambió de escuela, por desacuerdos con las autoridades.


Los Reyes Magos en mi nuevo hogar


Mi primer regalo del día de Reyes fue una muñeca de porcelana, se llamaba “Gracielita”, en la televisión yo había visto la publicidad con una canción que decía: “Gracielita, Gracielita mi divina, muñequita, es bonita como ninguna, livianita como una pluma, Gracielita, Gracielita”. Al tomarla del brazo y apoyarla sobre una superficie daba pasitos (internamente tenía un mecanismo que hacía que sus piernas se desplazaran).

Bueno, ese regalo fue el único y el mejor que tuve en un día de Reyes, por que mi mamá le hizo un vestido que parecía de novia, estaba preciosa.

Luego ya era grande para recibir regalos de los Reyes, que según me explicaban pasaban por la casa y al ver a los niños que crecían ya no les correspondía más regalos, eran para los más pequeñitos.


Crecer y aprender a valerme sola


Comencé a viajar sola.
Todos los días cruzaba la plaza de mi barrio y caminaba 4 cuadras, a las 7 y media de la mañana, para tomar el colectivo que me dejaba frente al colegio.

Desde Tercer Grado hasta Sexto (desde los 10 años hasta los 14) lo cursé en el Instituto María Auxiliadora.

Debo decir que las mejores horas eran las que estaba en la escuela, en compañía de las chicas. Me gustaba compartir los juegos con ellas. Mi mamá me decía que no tenía que estar con las chicas que contaran cuentos verdes, por que eso no estaba bien en las niñas. No podía llevar amigas a mi casa, ni tampoco ir a la casa de ellas. Yo jugaba en el patio del colegio, corría mucho y ayudaba a empujar una calesita muy grande.

Lo único que me atormentaba era que yo era de las más altas, tenía un año más que ellas y me daba vergüenza, para colmo de males mi cumpleaños era en agosto entonces mi diferencia de edad era más evidente. En mi salón éramos 54 alumnas.

Todos los meses reunían a las alumnas del turno completo en el Salón de Actos y en voz alta se leían las notas de cada una, grado por grado. Las notas eran así: Insuficiente, Suficiente, Distinguido y Sobresaliente.
Para mí era una tortura por que como me sentía grande, no podía asumir tener bajas notas. Lo que entonces no me daba cuenta, es que cargaba una mochila muy pesada para mi corta edad y que tal vez mi nutrición no fue la más adecuada y esos podrían ser algunos de los motivos de mi poca rapidez mental.

No se si alguna vez tuve distinguido y jamás un sobresaliente en el boletín. A las niñas que obtenían Distinguido, les colgaban una cinta con una medalla, y lo mismo en otro color a las que obtenían un Sobresaliente. Mis notas generalmente “Suficiente”, pero una vez me saqué un insuficiente, Además por el tema de las notas sabía que si no eran buenas recibiría una penitencia y muchas veces una paliza. Lo que sí estoy segura que nunca pude tener una de esas benditas distinciones.

Había una época del año en que hacíamos Ejercicios Espirituales. Consistían en hacer silencio todo el día, hasta en los recreos. No se podía correr, ni hablar fuerte. Sólo comer algo, tomar agua e ir al baño. Nos decían que en casa debíamos hacer lo mismo y lo peor es que yo lo hacía. Todo el tiempo que duraban, rezábamos mucho y pensábamos en Jesús y le pedíamos que nos hiciera mejores personas y que ayudara a nuestra familia y al mundo.

Muchas veces antes de dormir, ponía mis manos sobre el pecho y le pedía al Tatita Dios, que no me permitiera despertar al día siguiente, para no tener que pasar otro difícil día de escuela, principalmente cuando había pruebas o no había hecho todos los deberes.

Las Hermanas nos hablaban de Laura Vicuña, que murió en su cama y que era una niña muy buena, que pronto sería canonizada. Yo pensaba que si me moría así, iba a ser una Santa, como Laurita Vicuña.

Es que realmente tenía mucha vergüenza por no poder aprender como lo hacían mis compañeras y quería lograr que mis papás estuvieran orgullosos de mí.

Un día muy difícil


El día que saqué insuficiente, un rojo, en mi boletín, decidí no volver a casa por temor a la paliza. Salí llorando del colegio. Esperé un rato en la vereda del y cuando estaba acercándose un auto, intenté pasar delante, para que me atropellara. El Sr. del auto frenó y me retó muchísimo. Pobre hombre, menos mal que frenó, por que sino lo hubiera puesto en un grave problema y toda la culpa habría sido mía, pero era muy chica para medir consecuencias.

Quedé como aturdida y finalmente volví a mi casa, mis temores se cumplieron inexorablemente.

Pero finalmente, pasó, como todo en la vida, esto también pasó.

Un día mi mamá vino a una de las fiestas del colegio y mis compañeras me decían que no parecía mi mamá, que parecía mi abuela. Cuando le conté a mi mamá se enojó mucho y nunca más vino a una fiesta.

Un día muy triste

Sobre mi cama, luego de extenderla cada día, colocaba un muñeco con el cuerpo relleno y forrado en tela, sus brazos y su cabeza eran de porcelana.

Con mi hermano, Juan Carlos, lo bautizamos en la pileta del lavadero.

Juan Carlos lo sostenía, yo le echaba agua sobre la cabeza en forma de cruz mientras le decía:

“Yo te Bautizo “Coco”, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".

Lo tuve mucho tiempo, cuando hacía mi cama, lo colocaba junto a la almohada y a la noche al sacar el cubre cama para acostarme, lo ponía sobre una silla. Un día no me di cuenta y al retirar el cubre cama de la silla, lo enganché y se cayó al piso, con tan mala suerte que se le rompió “el coco” a mi Coco.

Lloré muchísimo abrazada a mi querido muñeco, pero ya estaba roto y no pude arreglarlo, lo único que me conformó en cierta forma, fue el pensar que Coco, iría al cielo, por que con mi hermano, lo habíamos bautizado.

Algunos recuerdos

Mi mamá había trabajado durante 20 años como modista profesional, en la Capital.

Les hacía ropa a las artistas y estaba acostumbrada a ganar buen dinero. Era una modista fina.

Sabía hacer desde un simple batón hasta un traje sastre de primera. Cocía muy lindo y la costura era su mundo más querido. Hacía las sábanas, las cortinas, los manteles y servilletas. Cuando fuimos a vivir con ella, nos vistió a mi hermano y a mí de pies a cabeza. Ella cosía todo, pantalones para mi hermano, para mi papá, calzoncillos, polleras, vestidos, tapados para Lidia, para mí y también para ella.

Iba a la tienda Luís y José en Avellaneda en la esquina frente a la Plaza Alsina, le gustaba regatear (pedir descuentos especiales) los precios y siempre se salía con la suya. O le hacían un descuento o le agregaban sin cargo, unos centímetros de tela, era muy divertido ir de compras con ella.

También tenía crédito en Tienda Las Filipinas, en la Capital e íbamos al Bazar Manteiga en la calle Lima. En Quilmes solía comprar también en las sederías y los zapatos. Antes de volver a casa pasábamos por la Pizzería o por la Heladería, eso era muy común. Cuando salíamos lo disfrutábamos mucho. Los zapatos para el colegio los iba a comprar a Grimaldi.

Le gustaba mucho todo lo relacionado a la costura, ese era su fuerte y su pasión. De ella aprendí que no hay modas nuevas, solía decir:

"Las modas no son nuevas. Los diseñadores, los creadores de moda, van colocando año tras año, los figurines de moda apilados unos sobre otros y cada 20 o 25 años, dan vuelta la pila y lo de abajo pasa arriba. Entonces las modas vuelven a recrearse así".

Recuerdo cuando se empezaron a usar los zapatos con plataforma. Yo estaba fascinada por la novedad, hasta que un día me mostró una vieja revista, donde ya se usaban. Quedé deslumbrada y comprendí que en muchas cosas tenía razón.

Dedicó su tiempo hasta muy avanzada edad, tenía más de 85 años y persistía su atracción por antiguo oficio. Podía hacer cualquier molde, a medida. El problema que no le permitió seguir fue debido a que sufría de cataratas. A los 86 la operaron y perdió la visión de un ojo. Por lo tanto los médicos no quisieron arriesgarla a otra operación. Y con la visión en un solo ojo y las cataratas, ya no podía ver en detalle. Así y todo con buena salud a pesar de sus achaques vivió, 20 años más.

Cocinaba muy rico y recuerdo verla cocinando hasta el final de sus días. Aunque no siempre lo hacía cuando era más joven, si ella no cocinaba la reemplazaba Lidia, que generalmente se ocupaba de la limpieza de la casa.
Los mandados por el barrio, las compras diarias pan, verdura, carne, los hacía yo o Lidia.
Tomábamos muy ricas sopas. Cuando mi hermano y yo volvíamos del colegio nos esperaban para almorzar Lidia y mi mamá. Luego de un plato de sopa comíamos un guiso, milanesas o cualquier otra comida.
El puchero era una comida de todos los días, mi papá no comía otra cosa, era su felicidad, solía llegar a las 14 horas de la Usina, donde trabajaba y mi mamá le preparaba esa su comida favorita. Yo que era su pegote lo acompañaba muchas veces en el almuerzo y también lo ayudaba a saborear su puchero.
A la noche venía la variedad. Los guisos que ella llamaba “carreros” una delicia. Los riñones o el hígado con cebollas a la sartén, otra especialidad. El pollo al horno con papas, era mi comida preferida y la que siempre pedía para el día de mi cumpleaños.
Pero lo que mejor preparaba mi mamá eran las empanadas de carne y las tortas fritas.
El día que comíamos empanadas, no se hacía otra comida. Cuando yo era chica no existían las tapas para empandas industrializadas. Se elaboraban en cada casa, artesanalmente. Tal vez por eso no se consumían tan seguido. Tampoco se comía todas las semanas. Era menú especial. Lo mismo pasaba con las tortas fritas. Era muy común en los días de lluvia. Mi papá traía del galpón un calentador a bomba, que tenía un mechero y lo encendía. No se cocinaban dentro de la cocina, sino en el patio techado, para evitar que se impregnara el olor en las habitaciones, las cortinas la ropa y que el humo manchara las paredes de la casa.

Una vez al mes íbamos a la Feria de Constitución. Allí compraba fiambres, salamines, dulces, queso, aceitunas y todo lo más necesario para no comprar en el barrio que era más caro. Traíamos frutas y algunas verduras, allí eran más baratas y aprovechaba las ofertas de dos y tres kilos. Compraba algo de carne, y alimento para los animales, para la semana.
Íbamos con la “Estanciera” y la estacionaba cerca de la Feria. Luego llevábamos las bolsas y nos llevaba a la Pizzería Marín.
También compraba artículos de almacén y perfumería en la Proveeduría de Dock Sud, cerca de la Usina donde trabajaba y se lo descontaban a fin de mes de su sueldo.
Solíamos ir a comer a la pizzería “Las cuartetas” y después de postre, pedíamos sopa inglesa, una delicia. ¡Esas salidas eran principescas!


La pequeña cocinera


Desde chica me gustaba la cocina. Cuando mi mamá se enfermaba (que era bastante seguido, sufría del hígado) cocinaba yo. Le preguntaba todo lo que tenía que hacer y ella desde la cama me orientaba, le mostraba la olla con la cantidad de agua o aceite y las papas o lo que tenía que preparar para que me dijera las cuanto preparar. Pero lo que más me gustaba hacer era repostería. Con una receta de cocina me las ingeniaba sola y me animaba para hacer de todo.
Mis padres acostumbraban dormir la siesta, como buenos provincianos, mi papá era de San Luís y mi mamá de Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Mientras tanto a mí me daban permiso para preparar lo que quisiera, con los ingredientes que había en casa. A veces preparaba una torta, o scons. Aún conservo mi cuaderno “Plumitas” de tapa blanda, color celeste, con las recetas que coleccionaba entonces, de diarios y revistas de época.


Nuestros días de paseo


En los días lindos, preparaba en un cajón todo lo necesario para ir a tomar unos mates. Cuando mi papá se levantaba le pedía que nos llevara al Parque Pereyra y algunas veces, mi papá me consentía. En el Parque nos alquilaba caballos y a nosotros nos encantaba. Era muy divertido, hasta que un día uno de los caballos se soltó a galopar, cuando pasó debajo de un árbol, me tuve que agachar bien junto a su cabeza, para que no me golpearan las ramas de los árboles y caer. Yo no sabía como pararlo, hasta que se cansó y paró solo. Después de eso ya no me hacía mucha gracia andar a caballo.
Los paseos por el Parque Pereyra Iraola eran muy divertidos. Llevábamos de casa la comida para pasar el día. Lo más común era llevar pollo al horno, para comerlo frío, o milanesas. Y para la tarde el mate con alguna torta casera y gaseosas. No faltaban los cubitos, las galletitas, los huevos duros y muchas veces, pastelitos de dulce. Andábamos a caballo, jugábamos a la pelota con mi hermano, corríamos con Lyli la perrita y siempre queríamos quedarnos un ratito más.
Otras veces íbamos a las piletas de Ezeiza y a la pileta de La Salada. Allí también preparábamos comida para pasar el día y tortas para la hora del mate al llegar por la mañana y a la tarde.

Un buen matrimonio


Mi mamá, tuvo una vida muy longeva. Sí Doña María vivió hasta los 106 años, vivió 12 años más que mi papá. Durante ese tiempo, su vida continuó y aunque Lidia, la cuidaba, yo la visitaba, y mi hermano le hablaba por teléfono desde Mar del Plata, su lugar de residencia, ella no tenía a su fiel compañero y creo que nunca pudo superar su partida, lo extrañaba inmensamente. Pero mi mamá sacó fuerzas no se de dónde y enfrentó todas las dificultades que se le presentaron. La peor de todas, fue la soledad.
Juntos formaron una pareja ejemplar. Vivían el uno para el otro. Creo que esa especie de egoísmo, fue quizás su único error. Ellos no confiaban más que en sí mismos. Su mundo se reducía a estar juntos. Se amaron intensamente y trataron de ayudarnos a su manera. Tal vez no supieron brindarse un poco más en lo afectivo, pero como no conocí mucho de sus vidas antes de que llegáramos nosotros, no podría juzgarlos. Lo que sí pude comprobar es que sus familias no aprobaban ese amor que ellos se profesaban, por que mi mamá era 14 años mayor que mi papá.


Un regalo especial para vos que estás leyendo los relatos de mi infancia.



Tortas fritas Doña María



1 kilogramo de harina común con unos 25 grs. de levadura (o podés usar harina leudante si no tenés levadura). De las dos maneras quedan muy ricas.
5 cucharadas de grasa vacuna bien blandita a temperatura ambiente, (mi mamá compraba y derretía la grasa de pella). También podés usar otros medios grasos. Esta es la receta que hacía mi mamá. Pero todo va cambiando. Vos elegí.


Salmuera:


600 cm.3 de agua bastante calentita, pero no hirviendo
1 puñado de sal gruesa (echar dentro del agua y revolver hasta que se disuelva).

Preparación:


Colocar la harina común, en forma de volcán o corona, en el centro la levadura desgranada, la grasa a temperatura ambiente y de a poco ir agregando todo el agua e integrar desde afuera hacia adentro. Amasar un buen rato hasta que la masa tome una textura bien lisita y no se pegue a las manos ni a la mesada. Tratar de no agregar más harina (en todo caso al comienzo podés dejar en un pocillo harina del kilo, para espolvorear la superficie de trabajo y evitar que la masa se pegue). La masa debe ser tierna y lisa.
Luego cortar trozos del tamaño que nos guste, más grande o más pequeño, hacer unos bollitos redondos, ordenarlos para saber cuales fueron los primeros. Mientras cortamos toda la masa, los bollitos van a ir levando.
Empezar a estirar cada bollito, dándoles forma circular, con un palote de amasar.
Antes de llevarlas a freír, hacerle unos agujeritos en el centro, para que no se inflen. Para lo más chiquitos podemos hacer con los agujeritos los ojitos, la nariz y la boca de las caritas.
Calentar la grasa en una cacerola no muy grande, para que se derrita, cuidar que no exceda la temperatura para que no se queme.




Nota importante: Es conveniente cocinarlas a temperatura media para que no se arrebate la masa. Cuando esto sucede, la masa queda quemada por fuera y cruda por dentro. Más o menos tres cuarto de kilo o un kilo de grasa será suficiente para freír todas las que hagamos. Lo que sobra de grasa se puede colar y guardar para la próxima preparación.

Lo más rico es comerlas calentitas con unos buenos mates o un cafecito.

En mi casa el día de las tortas fritas almorzábamos con café con leche y tortas fritas. Era un ritual.




Elena